A la junta en ambulancia

A la junta en ambulancia

A la junta en ambulancia

En esta época de ajetreo por el regreso de los niños a clases no dejan de sorprenderme los niveles de exigencia a los que estamos sometiendo a esta nueva generación. Desde los primeros años, pareciera una feroz competencia por aprender a leer lo más rápido posible, los forzamos a aprender tres idiomas, a ser sobresalientes en algún deporte, a dominar al menos un instrumento musical, ¡ah! y no guitarra o piano… ahora nos da por el violín o el arpa para que parezca ser más sofisticado. Aprenden tanto de finanzas como de robótica a los seis años. Poco tiempo les queda a los pobres niños de esta nueva generación para ser lo que deben ser… ¡niños! Explorar bichitos y piedras, imaginar cuentos, experimentar con el aburrimiento, carcajearse al sentir el viento al mecerse en el columpio, aprender a hacer amigos en un entorno sin reglas… esto considero que son las verdaderas bases para lograr convertirse en adultos felices.

No puedo evitar intentar imaginarme cómo será el mundo adulto de esta generación en un futuro no muy lejano. ¿Cómo será el juego en las organizaciones? El juego de hoy en día me parece un juego bastante difícil de jugar. Al menos en Latinoamérica, los niveles de exigencia de las organizaciones cada vez son mayores; las personas cada día dedican más horas al trabajo y menos horas a vivir. ¿Los resultados son mejores al invertir 12 o 14 horas diarias al trabajo? Tengo mis dudas. ¿Por qué si ahora tenemos tecnología que en teoría nos debería estar haciendo más eficientes, cada vez tenemos que invertir más tiempo en el trabajo? ¿Trabajar más será trabajar mejor? ¿Los empleados se estarán convirtiendo en esclavos modernos de sus organizaciones?

Recuerdo con claridad el caso de Lula, que sucedió hace algunos años. Ella recién se había incapacitado por una fuerte lesión que le impedía caminar. A pesar de esto, ella trabajaba desde casa para no descuidar sus obligaciones. A unos días de su accidente, su jefa la obligó a ser trasladada en ambulancia a su oficina para asistir a una reunión, la cual perfectamente podía haber atendido de forma remota. ¡En ambulancia! Imaginen lo absurdo del cuadro; si alguien tiene que ser trasladado en ambulancia significa que no está en condiciones para ir a ninguna reunión. Además, ¡está incapacitada! Desgraciadamente, la visión miope de ese líder la hacía percibir que Lula, como su empleada, era un objeto de su pertenencia con el que podía hacer y deshacer a su antojo. Sin olvidar el tema legal, que pareciera ser demasiado civilizado para un jefe con este limitado criterio. ¿Cómo creen que se sintió Lula con semejante atrocidad? ¿Creen que incrementó su eficiencia, motivación y lealtad después de varios episodios como este?

Tenemos mucho que aprender de países como Noruega que trabajan en promedio 33 horas a la semana, comparado con las 48 horas legales que trabajamos en países como México y que por lo que yo he visto, en la realidad se traducen en muchas más. ¿Qué nos diferencia?

Creo que en Latinoamérica debemos aprender a trabajar mejor, no a trabajar más. Si sólo trabajamos más nos llevará a tener vidas más desequilibradas, a estar más enfermos, a ser más infelices. Debemos analizar cómo trabajamos, ser más ordenados, hacer las cosas bien a la primera, apegarnos a procesos, respetar normas pero cuestionar el porqué de lo que hacemos, dejar de ser individualistas y compartir el conocimiento, dejar los juegos políticos de lado y enfocarnos a dar resultados.

Y así, quizá, lograremos crear lugares de trabajo productivos y felices.

 

Autor

Daniela Febre

Fundadora de UMANA

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